Sucedió el 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos. A la horade la misa mayor, las campanas de las iglesias comenzaron a tañersolas y una fuerte agitación amenazaba con derribar los edificios.Lisboa sucumbía enteramente al terremoto, contándose por miles losmuertos atrapados bajo los escombros. En Cádiz, sin embargo, lo peorestaba aún por llegar. El joven Racine, en su residencia de la callePlocia, apresta su carruaje y algunos pertrechos para alejarse delpeligro con su amigo Plissé. Ninguno de los huidos podía imaginar queal otro lado de las Puertas de Tierra la crecida del mar les atraparía sin remedio sobre un istmo cubierto por las turbulentas aguas.Sin duda no podía ser el «mejor de los mundos posibles» con el que eloptimismo de Leibniz intentaba convencer al mundo de su felicidad. Y,en efecto, así es. El maremoto de 1755 solo fue un episodio más de una larga serie de catástrofes naturales de esta índole que han dejado su imborrable huella en las costas de la Península Ibérica. Los sucesosrecientes de 1969, 1975, 1983 y 2003 son una clara advertencia de queel próximo está por llegar, aunque no seamos capaces de predecir ni el día ni la hora.