Las páginas de Almario se convierten en un espejo o en los despojosdel que lo lee, las cicatrices de algunas heridas palpitan sin quelleguemos a acariciarlas y entonces hay algo en nosotros que se cura.A veces solo es necesario poner un nombre a ese algo que no logramosdefinir. El silencio, quizás. O la huella de la nostalgia. La alegremelancolía, o la resignación. La magia o el insomnio, la familia o eladiós. Todas las palabras. O solo las que el alma reconoce como suyas. Las que conmueven y agitan. Las que vomitamos aun sabiendo que nuncanos vaciarán del todo. Esas palabras.
La magia deAlmario radica en cómo nos deja después del zarandeo de su lectura.Solos y desorientados. Con nuestro nombre olvidado o perdido entre sus cuentos. Sin respuestas. Quizá solo se trate de eso, de llegar hastael final para que empecemos a cambiar las preguntas.