He vuelto a encontrarlo, al hijo pródigo, tan mundano como cualquierade los mortales a los que jamás debió acercarse, tan quebrantado comoúnicamente puede estarlo quien ha padecido la Eternidad entreellos.Desde mi atalaya celestial, observo sus actos desesperados paracumplir el mandato de mi Padre, que es también el suyo.Yo, que todopuedo verlo, lo contemplo sin comprender cómo puede preferir mihermano esta vida entre mortales. Poco importa, seguiré observando con la paciencia que da la inmortalidad y tal vez así alcance acomprender qué le hizo caer; por qué, siendo los dos tan iguales,somos ambos tan distintos.Mi hermano se ha protegido a sí mismo con la coraza de un cascarón vacío, pero, si los mortales pudieran ver másallá, si trataran de conocerlo realmente, si fueran apenas conscientes de su naturaleza? entonces lo amarían y temerían tanto como a susfalsos dioses.?Ramuel Grigori, Vigilante.