Mi buen amigo El Hechizado me repitió muchas veces que debajo de laevidente piel de periodista, en sus variantes de reportero, viajero,cronista e investigador, Eduardo Castro dejaba al descubierto unaimagen genuina de narrador, de narrador de raza, y siempre estuve deacuerdo con ese atinado juicio, al que en los últimos años mepermitiría añadirle su no menos interesante vena de poeta. Yo tuve lasuerte de asistir a su epifanía de novelista, cuando, como jurado,pude descubrir bajo el seudónimo que era el autor de la novela La mala conciencia, ganadora en 1978 del premio «Ángel Ganivet», que entonces convocaba la Universidad de Granada; una buenanovela muy comprometida social y críticamente, de consistente y compleja composiciónnarrativa con sólida base ideológica y dialéctica; una novela queprometía mucho.
Vinieron después los tiempos de absoluta dedicación de Castro alperiodismo en todas sus posibilidades, estilos, variantes y espacios,donde sin duda la dedicación narrativa siempre estaba presente, perosus afanes específicamente literarios siguieron creciendo lentamente,en silencio, en un trabajo paciente de laboratorio, queafortunadamente salió a la luz en el año 2003 con la primera ediciónde El burro del Cardenal, que tuve el placer de presentar a lasociedad literaria granadina, y que ahora reedita la Academia deBuenas Letras de Granada con una importante incorporación de nuevostextos.