QUERALT DEL HIERRO,MARIA PILAR
Las consecuencias de un matrimonio de estado contra¡dosiempre por obligaci¢n y nunca por amor, afectaban por iguala reyes que a reinas. Si el monarca buscaba la pasi¢n en alcobas
ajenas, es perfectamente l¢gico que la soberana hiciera otrotanto si bien, salvo excepciones, sus aventuras amorosas hanpasado m s desapercibidas.El lugar secundario que la gran Historia ha otorgado a las reinas
consortes ha hecho las veces de oportuna pantalla tras la quevivir tan inoportunos romances. Pero, a£n en penumbra, seconocen una serie de «amistades peligrosas» que muchas vecesno pasaron del simple bulo propio del juego sucio pol¡tico peroque, en otras, se trataron con discreci¢n a causa del inter‚s del
monarca por mantener su prestigio varonil y ocultar su inc¢modacor namenta bajo la corona.Pese a todo, amantes apasionados, chevaliers servants oenamorados del poder como Beltr n de la Cueva, Godoy, elcardenal Mazarino, Rasput¡n y tantos otros unen sus nombres alos de soberanas tan emblem ticas como Cleopatra, Mar¡aAntonieta, Catalina la Grande, e incluso la m¡tica Sissi.