Silenciosa, lenta y sibilina, observa al gazapo que la miraembelesado, aturdido, con la inmovilidad de una raíz. Le bastará unrapidísimo abalanzarse y, tras forcejeo desesperado y estertor,tomarse todo el tiempo del mundo para engullirlo y hacer la digestión. Lenta, sibilinamente. El aire retiene el aliento.
Es él quien lo ha impedido y en voz baja, como quien reza, pide perdón a la serpiente por haberle hurtado su desayuno o tal vez almuerzo,quién sabe. Saltó el gazapo y la culebra se retiró en sentidocontrario con toda la rapidez de la que fue capaz. La ha vistoescabullirse entre el matorral. Otro la perseguiría. Él se sienta ypiensa. Lo ha impedido a conciencia: vio la escena antes de que ambos, presa y predador, lo vieran a él, demasiado concentrados en susrespectivos cometidos, y ha corrido hacia ellos dando palmadas. Le hadado pena del diminuto conejo, quizá en su primera salida del agujero, despistado en afán juguetón. Sin embargo, él sabe que también debería haberse compadecido de la culebra y no actuar, quedarse quieto comotodo el entorno, cielo, árboles, matojos, viento. O debería habermatado al reptil que hará gritar a las señoras paseantes por estastrochas, asustadas por algo que temen y desean a la vez: unespectáculo, el ondear de una serpiente e incluso a veces elenfrentarse siseando al humano cuando se asusta, un espectáculo queconfían presenciar aunque les repugne, pues es algo que jamás verán en su cotidiano vivir de ciudad. Por eso, piensa, quizá convendríamatarla y no matarla a la vez, que se comiera al conejo y no se locomiera, que se quedara allí digiriendo bajo el sol y que al mismotiempo huyese culebreando por entre los matojos. Dos mundos, pero¿acaso la vida no consiste justo en eso, dos mundos?