Benigno es hombre de serena apariencia. Transmite tranquilidad.Habitualmente habla y mira de modo reposado. Casi siempre con unpitillo en la mano que, con sistemática, se diría que con rítmicafrecuencia, es llevado hasta sus labios para someterlo a una breveinspiración de su humo; un humo que ha de expirar acto seguido, sinconcederle demasiado tiempo para que se instale en sus pulmones. En la ciudad todo el mundo sabe de su adicción al tabaco. O a jugar a lascartas, como antes solían hacer curas y boticarios dedicándole horasal juego del tresillo. El que perdía se ponía de rodillas. Eso eratodo.Ahora, sin dejar de fumar, continúa observando a la gente que transita por las aceras o a la que se aventura entre los coches, en vez dedesplazarse hasta el paso de cebra más cercano por el que los peatones deben atravesar las calles si quieren hacerlo con mayor seguridad enla breve aventura que supone andar por la ciudad a cualquier hora decualquier día de semana, no tanto en el caso de los festivos. Observaa quienes pasean con idéntica atención a la que presta a diario a todo cuanto le rodea. Pero ahora lo hace, ensimismado, formulándoseescasas reflexiones, mientras va camino de la audiencia para serjuzgado.