Gilipollas es una palabra mágica; una palabra culta y popular que damucho de sí. Primero, porque se dice igual en masculino que enfemenino. Lo que evita que toda esta actual pandilla de cursis?semi-progres? que hablan en estéreo puedan establecer sus estúpidosmatices de diferenciación de sexo; unos esquemas sin duda separadoresque, además de bastante inútiles, son sumamente horteras, demagógicosy antiestéticos a más no poder.
Y además gilipollas tambiénse dice igual en singular que en plural. Algo eminentemente cómodo,pues permite califi-car a uno o a varios individuos de una solatacada, cosa muy práctica, dada la abundancia de tontos y de idiotasque nos rodean.
Aplicada al jefe o a los jefes, la palabragilipollas resume de un plumazo todas las características que?engalanan? a muchos propietarios y directivos de empresas y deinstituciones públicas, que suelen ?dirigir? con lo que ellos llaman?mano firme? (pero casi siempre majadera) sus negocios o, lo que aúnes peor, muchas de las entidades oficiales y políticas que son pagadas con nuestros impuestos.
A desenmascarar a esta patulea deimpresentables ?barandas? se dirige este libro, un ensayo empírico con ciertas pretensiones de objetividad científica pero de intenciónsumamente profunda, como lo es poner de manifiesto y denunciar a estagentuza, aportando un pequeño grano de arena a la actual playa infecta del mundo empresarial e institucional en el que estos memos sedesenvuelven. Una playa que forzosamente tenemos que limpiar. Para que nos merezcamos pronto la bandera azul de la serenidad.