La madre de Wynston espera a su hijo a la llegada del colegio parahacerle una tirada de cartas del tarot de Jodorowsky y darle lamerienda. La emisión televisiva de un partido de fútbol crucial se veinterrumpida por una transmisión violenta en la que dos encapuchadosflanquean a un rehén medio apiolado en una silla: el presidente delgobierno español. La reacción del niño:este Presidente será rápidamente sustituido por otro y el partido demañana es la única final de fútbol que podré jugar con trece años; sipierdo ese momento, nunca volverá.Comienza una debacle con estribillo que revienta todo lo narrado cadavez -como el de «Some Velvet Morning», cuando Nancy Sinatra clama quees Fedra-, y está hecho de sucia carne de Rabelais mechada con elspeech de un locutor deportivo. El narrador profeta de esta fábuladesvía un dedo ya de por sí torcido para engañar la peste a boca delidioma y hace resucitar a Isidoro, una especie de célula durmienteducassiana, avidísima y exultante. Isidoro, mesías villano, coge de la mano a Wynston y a otros que se encuentra, se cruza o atraviesa. Y la cosa ya se pone de un Walpurgis que van bien dados los que esperasenun caminito cantarín con los personajes del mago de Oz.