Germán permaneció postrado treinta años en una cama, ajeno a laestridencia del mundo, distanciado de una realidad que, con perezosaindiferencia, batía sus alas grises y surcaba la superficie rugosa del tiempo. A su cuidado quedó su madre, cada día más debilitada por eldolor, naufragando continuamente en un denso y amargo océano deculpabilidad.Una tarde de verano, en el año 1975, Germán abrió losojos y, repentinamente, abandonó el lecho. Sin tener clara consciencia de lo que hacía, comenzó a recorrer uno de los senderos polvorientosy solitarios que serpenteaban más allá de los límites del pueblo. Sucorazón, acusando gravemente el inesperado ejercicio, se rindió, y elhombre cayó desplomado. Germán había muerto pocos minutos después deregresar a la vida, luctuoso y terrible detonante para el ánimo yamenguado y marchito de su pobre madre.Pero el entierro de Germán fueuna farsa, una dolorosa y solapada ceremonia de ataúd vacío a la queapenas acudiero