Escribir lo vivido en los nuevos mundos, además de una decisiónpersonal, fue una obligación impuesta desde el principio por losgobernantes a quienes participaron en las empresas descubridoras. Ante unos acontecimientos demasiado distantes y fuera de su control, lasautoridades de la vieja Europa comprendieron el valor de la escrituracomo una vía de información sistemática e indispensable para unejercicio del poder más eficaz y centralizado. Por eso exigieronpuntuales relaciones o memorias escritas, contrastadas y verificadas,de cuanto acaeciere, vieren u oyeren durante el desarrollo de susmisiones. Éste fue el inicio de una suerte de incipiente globalización capaz de menguar las incertidumbres y la distancia. De todo ello setrata en este libro, cuyo objetivo no es otro que intentar desvelar el protagonismo y el decisivo impacto de la cultura escrita en laexpansión atlántica europea de la alta modernidad.