Transmutado en un libro admirable, este Jardín seco, de AlejandroDuque Amusco, más que seco, se nos presenta frondoso, por su variedadmétrica (lograda tanto en los versículos como en los poemas de «Hojasdel verano» o en otros de mayor sobriedad) y por la presencia continua de la naturaleza. Como en entregas anteriores, esta poesía se acerca a la meditaciónpero, gracias al dominio de los distintos tonos, al acierto de lasimágenes y a la sensorialidad de las palabras, la convierte entangible y sensual sin desviarla de lo profundo.Cobran aquí importancia el recuerdo, la infancia como un territoriosiempre presente, el amor expresado en poemas de gran belleza. Enresumen, en este Jardín seco se celebra la fiesta inagotable de lavida.Juan Lamillar