«Satie ha dicho que el piano, "como el dinero, no resulta agradablem s que a quien lo toca": eso tranquiliza a alguien como yo,malquistado de nacimiento con la m£sica instrumental. Eso hace tambi‚n que lamente haber comprendido demasiado tarde, despu‚s de su muerte,al individuo excepcional que fue y al que un tel¢n de espinas -sumalicia, sus estudiados tics- me ocultaba... El tr nsito del siglo XIX al XX no ha producido ninguna evoluci¢n de esp¡ritu tan fascinantecomo la suya. Tendida entre dos puntos extremos, los m¡sticos yPlat¢n, durante treinta a¤os la fatalidad del esp¡ritu moderno haconsistido en hacer vibrar la cuerda de Satie al un¡sono con las de su compatriota Alphonse Allais y, m s a£n, de Alfred Jarry. No conozcomayor escuela de libertad con respecto a todas las convenciones, niotra sonrisa m s traviesa y, a la postre, tan punzante por encima delabismo interior, de negr¡sima especie, del que se escapa la bandada de sus dibujos e inscripciones caligrafiadas en absoluta soledad -"todode fundici¢n", a la vez tan graciosos y tan inquietantes-, que esperan desde hace tiempo un inventario completo y un an lisis riguroso.»(Andr‚ Breton,1955)