Firmes propósitos para el verano
El curso llegaba a su fin, yLuciérnaga me había abandonado por otro. Su luz ya no iluminaría misnoches, pensaba, me quedaría a oscuras con el antiguo dolor,preguntándome por la forma de los ojos de mi amada. La penumbralapidaría mis sienes, y un estruendo de cascada resonaría en el lagosin fondo del insomnio.
Como todas las mañanas, me encaminé ala universidad. Sentado en el aula, y mientras el profesor Exitusexponía la teoría del conocimiento de Louis Althusser, evoqué mipasado con Luciérnaga. Durante aquel invierno, Luciérnaga había sidomi única compañía: vestida con su inconfundible abrigo de cuello deastracán, la veía emerger de la muchedumbre indistinta y acudir a miencuentro como una ágil Artemisa sobre veloces patines; luegoentrelazaba los dedos de mis manos con los suyos y nos dirigíamos allago helado, donde patinábamos juntos hasta el mediodía. Comíamos enun bistro a orillas del lago y, poco después, nos apresurábamos haciasu casa, porque el crepúsculo caía sobre la ciudad con la rapidez deuna nube de tormenta. Los días invernales eran tan breves en Arkadia,que apenas disponíamos de unas horas de sol; muy pronto, la noche seadueñaba de las calles con su avanzadilla de sombras, obligando a lostranseúntes rezagados a correr hacia sus casas, como si un pavorosotoque de queda lunar regulase la vida de los hombres. Desde loscomercios más lujosos, hasta las tabernas más miserables, todos losnegocios cerraban a las tres de la tarde. Incluso los prostíbulos sequedaban vacíos a aquella hora. Yo, sin embargo, podía enorgullecermede pasar las noches infinitas en compañía de la mujer amada, en lacasa de sus padres, que parecían tolerar nuestra relación, pues mipresencia ofrecía cierta seguridad frente a la negrura absoluta.