¿Por qué Vicente Navarro debía de morir? Era la pregunta que merondaba la cabeza cada vez que me sentaba al ordenador, o echaba unvistazo al borrador de la novela, encuadernado sobre la mesitaauxiliar. ¿Para castigar la osadía, la rebelión? Pero si le dejabavivir no tenía historia: otro tipo corriente y frustrado, derrotadopor los miedos, que sueña con lo que pudo ser mientras mira aburridola falsa realidad en la televisión, ¿qué me quedaba? Un señor mayorque, a la edad en la que muchos de su generación llenan las salas deespera de los ambulatorios y los hospitales con achaques varios, ocangurean nietos en los parques, conoce a una mujer más joven en laciudad de su infancia, se enamora, abandona, su vida personal, susproyectos, su casa y sus ilusiones por pegarse a ella para vivir a susombra, se casan y comienzan una vida corriente de pareja madura,hasta que Vicente se empieza a sentir como una especie de secretariocon derecho a roce que, además, colabora en las tareas domésticas.Descubre que se le escapa la vida, agobiado por la situación, intentaromper con todo, olvidar el qué pueda pensar la gente o la familia;decide dejar de sentirse responsable de la felici- dad de los demás en lugar de la suya, y, entonces, recuperando las ilusiones y las ganasde vivir de la juventud, cuando debería estar pensando en reservarplaza en un geriátrico, lo deja todo y se marcha buscando su ?ElDorado? en unas remotas islas nórdicas, pero, en el camino sientepánico a la libertad y trata de regresar sensatamente vencido, alredil, aunque algo se tuerza en el intento. Esa debía de ser lanovela, pero a la ficción se le impone la realidad ¿o es alcontrario?
¿El sacrificio en aras de la seguridad o la libertad con sus peligros? ¿Hay una edad en la vida para tomar decisiones quecomprometan el futuro siempre incierto, o por el contrario cualquiertiempo es bueno? Vicente Navarro lo hizo.