El inspector Mauricio Cospedal pasa sus últimas horas en el cuerpo depolicía coordinando la seguridad de la boda del hijo del presidentedel gobierno, que no ha tenido mejor idea que casarse en esa ciudad de provincias en la que Cospedal ejerce como puede su labor policialjusto el día antes de que este se jubile.
La ceremonia y elfestejo en el Hotel Buda transcurren sin problemas. O esa es laimpresión de Cospedal; al menos hasta que a la mañana siguiente acudea comisaría para despedirse y se encuentra con la cabeza del hijo delpresidente del gobierno (ese hijo y esa cabeza que él debía proteger)colgando del gancho de una de las grúas del puerto. Que pasadas unashoras se descubra que ni siquiera se trata de una cabeza de verdad nosoluciona que Cospedal se vea obligado a aplazar su jubilación. Elhijo del presidente y su esposa siguen desaparecidos.
A partir deahí, comienzan a llegar con cierta periodicidad envíos anónimos queconsisten en imitaciones de miembros corporales y notas que avisan deque, por el momento, se trata solo de réplicas. Cospedal se encuentraante una versión macabra del juego del ahorcado.
De la mano deCospedal visitaremos antros subterráneos, conoceremos a un tipo que se la tiene jurada y que carga con la fama de comerciar con niños,sabremos de lo ocurrido la noche de bodas durante esa fiesta dedisfraces en la que todos los invitados amanecieron con una resaca nosolo de alcohol, y, sobre todo, conoceremos los procedimientos de untipo oscuro que se hace llamar a sí mismo El Artista, y cuya obraconsiste en lo que se conoce como plastinizar cadáveres.