Decía el poeta Ángel González que para saber lo que es el agua habíaque preguntárselo a un río. De igual modo, para saber lo que es elvino habría que preguntárselo a un río, porque los ríos y las viñas se entretejen desde siempre, fundidos en el más hermoso abrazo de lanaturaleza. Desde Siduri, la tabernera del poema de Gilgamesh, desdeDionisos, Homero y Luciano de Samósata hasta Baudelaire o PabloNeruda, los ríos y el vino han sido y son el eje de lacivilización.A orillas de un río del que manaba vino celebran los Andrios la orgíaque pintó Tiziano en La bacanal de los Andrios. En la sura 47 delCorán se dice que en «el jardín prometido a los que temen a Alá habráarroyos de vino», Loreley, la «blonda hechicera», seduce con suscantos a cuantos navegan por el Rin, la «eterna estrofa de agua» quees el Duero se despeña en los Arribes, dejando atrás unos viñedos queablandan el duro paisaje castellano, cerca de Haro el Ebro le da lamano al Oja y en sus aguas arrastran el sabor y el aroma de un vinoque para sí reclamaba Gonzalo de Berceo, el Dordoña y el Garona seabrazan en el mítico estuario bordelés, el Loira riega impresionantescastillos y viñedos en los que duerme viva la historia de Francia, elRódano discurre por un paisaje salpicado de viñas que estremeció aPetrarca por la magia de sus vientos y sus colores, la Marne se pierde entre viñedos y ofrece el champán a Dom Perignon para que descubra su misterio, el Danubio se viste de azul en la imaginación deStrauss, el Guadalquivir, el Guadalete y el mar Atlánticoconforman un mágico triángulo donde se elabora el vino más originaldel mundo, que enamoró a Shakespeare y a Galdós. Y elGuadalmedina, río de la ciudad de Málaga, nace en Los Montes queprestan su nombre a un vino universal y fascinaron a Picasso, alpintarlos en su cuadro Montañas de Málaga. Testigos y guardianes de la memoria del agua son las viñas que en las orillas del río hanencontrado el escenario ideal para desarrollarse.