Lo que podría ser una mera exposición, un encuentro de las obras deun artista con las de José Guerrero, queda excedida por el ejerciciode finura y rigor intelectual que ha desarrollado Joaquín Peña-Toro en Ruido blanco, la oportunidad que brinda el Centro José Guerrero a uncreador actual para que revisite la colección y la ponga en diálogocon su propio trabajo. En ocasiones no queda más remedio que abandonar la tercera persona, el discurso aséptico y el tono neutro para, deese modo, intentar trasladar la profundidad de las sensacionesdevenidas certezas, sentencias categóricas incluso. En Ruido blanco he visto con extremada nitidez aquello que siempre intuí en el trabajo y en la persona de Joaquín y que, alguna vez, alcancé a escribir conrelativa contención: en su caso es difícil distinguir dónde empieza ydónde acaba el artista, el historiador del arte, al amante de laarquitectura y el desbordante conocedor, especialmente del acervocultural y de José Guerrero, a quien dedicó parte de su investigaciónacadémica