El discurso político que ocupa la esfera pública nos ofrece a diarioejemplos de desplazamientos discursivos que parecen romper todo tipode convenciones comunicativas y que comparten la tendencia general ala exageración. Por ejemplo, la fiscalización léxica y lashipercorrecciones del lenguaje políticamente correcto ponen ensuspenso el acuerdo intersubjetivo que se contiene en la gramática,mientras estos rasgos hiperbólicos son a su vez contestados por unacreciente desinhibición retórica que no se detiene ante los principios democráticos ni de derechos humanos. Por otra parte, las tecnologíasde la red facilitan un borrado de diferencias entre las voces queocupan la esfera pública que, sin embargo, no se traduce en efectosrealmente democratizadores, sino que instaura nuevas verticalidades no fundamentadas que igualan información y opinión y tiñen el discursopolítico de enfrentamiento personalista y emotividad visceral. Laargumentación se ve fagocitada por la narrativización constante de lapolítica, que evita el discurso ideológico explícito y lo sustituyepor enfoques frívolos e infantilizadores. A la vez, las convencionesde veracidad del discurso científico, jurídico o mediático se vendesafiadas por el anti-intelectualismo de los influencers, elpopulismo punitivo o la posverdad. En Tiempos de hipérbole, lacatedrática de lingüística Beatriz Gallardo Paúls analiza el modo enque estos y otros procesos discursivos de la política actualcontribuyen a la implantación de una irresponsabilidad discursivageneralizada, que afecta a todos los actores políticos y que tieneprofundas consecuencias en lo que vivimos como política.