?Un día, entre los libros que mi madre tomaba prestados de labiblioteca, vi uno titulado Kandinsky y yo, una biografía del pintorescrita por su viuda, en la que se cuenta una anécdota muy bonita. Alparecer, en la Rusia de los zares, las chicas jóvenes, siguiendo unaantigua tradición, salían de casa la noche de fin de año y abordabanal primer hombre que se encontraban en la calle para preguntarle cómose llamaba, puesto que existía la creencia de que se casarían conalguien del mismo nombre [?]Cuando leí la anécdota, estábamosya a primeros de diciembre y, no sé por qué, chaladuras que le dan auna, se me metió en la cabeza que lo que valía en Rusia no tenía porqué no funcionar aquí, de manera que me propuse hacer laprueba.Recuerdo que se me hicieron muy largos los díasesperando a que llegara la Nochevieja. A mí, como nombre, me gustabaAitor [?] Bueno, fantaseaba con que un día, en un baile o, qué sé yo,en una exposición de pintura, porque voy a bastantes, me encontrabacon un chico guapo y sensible y agradable, agradable sobre todo, quese me presentaba diciendo: ?me llamo Aitor?.